lecciones morales en el supermercado

Interesante polémica surgida a raíz de las palabras de Juan Roig, reconocido presidente de una de las empresas españolas más admiradas. La cuestión es que el Sr. Roig, como ya ha hecho en anteriores ocasiones, ha lanzado otra proclama aleccionadora a la ciudadanía. En esta ocasión, nos recuerda que “nos hemos pasado, como país, treinta pueblos” y que “nuestro nivel de vida no corresponde con nuestro nivel de productividad”. Por algo saca siempre que puede a pasear su tremebundo eslogan de la Cultura del esfuerzo y a la menor ocasión lo restriega a las clases medias (que a la postre son quienes le compran).

Creemos que es una cosa que viene del mercado internacional, que nos atacan a los españoles, lo que nos falta es ponernos las pilas y ponernos a trabajar.

Juan Roig, presidente de Mercadona. Fuente: Expansión.

Pero mucho más interesante, sin duda, me parece la respuesta en forma de carta titulada Estimado Señor Mercadona publicada en el blog El comidista. La carta no tiene  desperdicio, pero quisiera centrar la atención sobre la cuestión final de la misma: quién está en condiciones de ostentar algún tipo de autoridad moral (si es que queda alguna) en esta crisis para lanzar mensajes de pundonor a la ciudadanía.

La reputación no es un valor en alza y los mensajes institucionales cada vez funcionan menos, con el estrepitoso precedente de la campaña de la Fundación Confianza y su Esto solo lo arreglamos entre todos. Pues estamos arreglados, parece pensar la ciudadanía… Lo llamativo, tan propio de la década pasada, hoy en día es lastimoso.

En cuestiones éticas, esta crisis ofrece un panorama desolador: negar las evidencias, jugar al límite de los conceptos (la crisis que no es crisis, el rescate que no es rescate), la huida perpetua hacia delante, la venta de humo, la ostentación de los inmerecidos bonos en el sector financiero, el cálculo electoral sin compromisos firmes, empresas adoradas que pagan sus impuestos fuera del país… Podríamos hacer una lista y no acabar, y todo lo que podamos poner sobre la mesa se verá agravado además por un sistema institucional que cierra filas sobre estos asuntos y convierte los mecanismos de seguridad en mecanismos de represión. Es vergonzoso que sean los movimientos ciudadanos, como el 15M, los que tengan que reunir fondos para demandar una investigación judicial contra Bankia, mientras nuestros políticos niegan cualquier comparecencia pública para dar explicaciones.

Bien, a esto hemos llegado, al consumismo como culmen de la clase media, el acceso a un nivel de bienestar material que hace apenas un siglo era exclusividad de la clase pudiente. Pero nuestro consumismo es amoral: no es que sea inmoral por ir contra una moral determinada, sino que evita preguntarse si las cosas están bien o mal, porque así todo vale y el campo es ancho para veleidades políticas, personales y de todo tipo. A Ud. lector no le preocupa en modo alguno en qué condiciones laborales se fabricó en algún país asiático la camisa que lleva o si la comida que ingiere a diario es todo menos comida. De igual manera, a sus jefes sociales Ud. lector no les preocupa más allá de su valor como masa compradora o su valor como masa electoral con opinión manipulable: cuentan con nosotros para votar y para consumir, pero tampoco nos creamos demasiado importantes por ello.

punteroPensadores sociales como Zygmunt Bauman, Luis Enrique Alonso o Daniel Innerarity llevan tiempo advirtiendo sobre la deriva ciudadana-consumidora.

A lo mejor debemos mucho más de lo que creemos al Sr. Roig por dar cabida a este tipo de debates, sea cual sea el motivo que a él en particular le mueve a lanzar estas cuestiones. Como ciudadanos, nuestra propia ciudadanía está también en cuestionamiento, por ser indolentes y acríticos, amorales, excesivamente permisivos con nuestros políticos y nuestras decisiones de consumo. Y así nos va.

Si te importa algo todo esto, escribe tu comentario antes de seguir navegando.

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